sábado, 21 de febrero de 2009

Trato de no olvidarlos

Retraso del progreso,
Yatagán en el pecho de la vanguardia
Sin mayor importancia que el árbol que será tumbado
Ni más peso que el valor comercial de su propia oreja o escroto.
Así me late la percepción íntima de ser chileno,
La percepción de una tristeza sin nadir ni cenit.
Cual peón atropellado, cual esposa ensangrentada
Fue el antepasado autóctono sumergido en fuego,
Bautismo de horror y plomo, grito y calavera de humo negro.
No nos extrañemos entonces de nuestra innata obsecuencia
Ni del terror infiltrado desde el útero
Menos del deforme alcoholismo alfombrando nuestra idiosincracia.
Fue el indio, obstáculo de las civilizaciones,
Cargando en sus gónadas la lava fértil de nuestra ascendencia
Sometido al rito iniciático de la persecución genocida.
Vació su carcaj en vano, cubrió de noche su refugio
Más regó con la sal de sus venas la tierra que besara,
Hasta que el último de nuestros abuelos
Esclavo, esclavo, esclavo como bien podrían serlo nuestros hijos
Elevó su canto triste al cielo, en el dialecto de las rocas,
Con la melodía de los hielos sempiternos y la ternura del magma creador
Con la avidez de la bestia por su amo, con la poesía del espejismo,
Con la melancolía de los islotes, con el frío que le toca
Y se entregó al sueño en el que nadie nunca llegó
Y en el cual nunca nadie percutó, ni destripó, ni violó.
Así, así desapareció el indio y llego para nosotros el progreso
En el cual nos arrellanamos y nos hace olvidamrnos de nuestro origen trágico.
Hay en nuestra sangre mestiza dos fuerzas antípodas
Que de tanto en tanto salen a darse un paseo por la esquina:

La tristeza esperanzada y el odio genocida.

(A las étnias de Chile y a algún triste poeta)

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