
La mala estrella que me acoge en su fuero, que me da el nombre y el prisma y el mal humor en los ojos, esa misma mala estrella sabe que no soy para este mundo de distancias y geografía.
Hoy sufro por intentar extraer sonidos del tambor funeral en mi pecho, por dar calor a la cripta vedada en que alojo mis anodinos deseos.
Nada me haya aquí, nada toca mis fibras, nada manifiesta sus maravillas ante este albatros tendido en la arena, cubierto de aceite y desechos del hombre.
Intento llevar a cabo la misión encomendada por la sangre estancada en mis venas, coágulos que solo abrigan escarcha y frío céltico.
Que la diatriba de la vida acabe por minar mis fugaces escapes de felicidad, y me incinere en el nadir y cenit de este horroroso universo.
Mi estrella me hace callar y asilar en las penumbras y rincones de la vida pública, mas cuando algo extraño me posee y grito, los hechos me recuerdan que sería mejor callar, en la soledad y el óxido de mi balanza.
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